10/5/17

Alberto Manguel: Con Borges [Parte 6]








A partir del siglo XVII los escritores españoles vacilaron entre dos extremos lingüísticos: el barroco de Góngora o la severidad de Quevedo. Borges desarrolló, simultáneamente, un rico vocabulario, de niveles múltiples y de nuevos significados, y también un estilo descarnadamente simple que intentaba (así lo dijo hacia el final de su vida) imitar el del joven Kipling en Plain Tales from the Hills. Prácticamente todos los grandes escritores en lengua española del siglo último han admitido su deuda con Borges, de Gabriel García Márquez a Julio Cortázar, de Carlos Fuentes a Severo Sarduy. Su voz literaria ha resonado tanto en las generaciones más jóvenes que Manuel Mujica Láinez, abrumado, escribió los versos siguientes:
A un joven escritor
Inútil es que te forjes
idea de progresar
porque aunque escribas la mar
antes lo habrá escrito Borges.
A los treinta años, Borges ya lo había descubierto todo. Incluso las sagas anglosajonas que tanto ocuparían su vejez: ya en 1932 había explorado este lejano territorio literario en «Los Kenningar», reflexión sobre la artificialidad y el efecto de las metáforas. Fiel a los temas de su juventud, volvió continuamente a ellos a lo largo de décadas de destilación, interpretación y reinterpretación.


Su lenguaje (y el estilo en el cual elaboraba ese lenguaje) provenía mayormente de sus lecturas y de sus traducciones al español de autores como Chesterton o Schwob. Pero también nacía de las conversaciones diarias, de los civilizados ritos de una mesa de café o de una sobremesa entre amigos, discutiendo las eternas y grandes cuestiones con una mezcla de humor e ingenuidad. Tenía poca paciencia con la estupidez. Un día, tras conocer a un muy mediocre y aburrido profesor universitario, dijo: «Hubiese preferido conversar con un sinvergüenza inteligente». Poseía un don especial para la paradoja, para las expresiones reveladoras y para los elegantes galimatías, como cuando le advertía a su sobrino de cinco o seis años: «Si te portás bien, te voy a dar permiso para que imagines un oso».
Siempre hubo en la Argentina un talento natural para la conversación, para poner en palabras la vida. Las discusiones metafísicas en torno a una taza de café podrán resultar pretenciosas o aburridas en otras sociedades, no así en la Argentina. A Borges le apasionaba charlar, y a la hora de comer solía elegir lo que él llamaba «un plato circunspecto», arroz o pastas con manteca y queso, para que la actividad de comer no lo distrajese de la de hablar. Convencido de que aquello que cierto hombre ha experimentado lo puede experimentar cualquier hombre, no le sorprendió conocer, en sus días de juventud, entre los amigos de sus padres, a un escritor que por su propia cuenta había redescubierto las ideas de Platón y de tantos otros filósofos. Macedonio Fernández escribía y leía poco, pero pensaba mucho y conversaba admirablemente. Se volvió, para Borges, en la encarnación del pensamiento puro: en sus largas charlas de café solía plantearse, y hasta hacer el intento de resolver, los viejos interrogantes metafísicos sobre el tiempo y el espacio, los sueños y la realidad, los mismos que más adelante Borges retomaría en sus sucesivos libros. Con una cortesía digna de Sócrates, Macedonio otorgaba a sus oyentes la paternidad de sus propias ideas. Solía decir: «Usted habrá notado, Borges...» o «Usted se habrá dado cuenta, Fulano...», para luego atribuirles a Fulano o a Borges el hallazgo que él acababa de hacer. Macedonio tenía un muy fino sentido del absurdo y un humor mordaz. Una vez, para sacarse de encima a un fanático de Víctor Hugo, al que Macedonio encontraba farragoso, exclamó: «Víctor Hugo, che, ese gallego insoportable; el lector se ha ido y él sigue hablando». En otra oportunidad, al preguntársele si había ido mucha gente a cierto olvidable acto cultural, Macedonio contestó: «Faltaron tantos, que si faltaba uno más ya no cabía». (Aunque la autoría de esta festejada frase está en disputa... Según confesó Borges años más tarde, habría sido acuñada por su primo, Guillermo Juan Borges, «inspirado» en Macedonio). Borges siempre recordaba a Macedonio como el porteño arquetípico.
Desde la barroca riqueza del Evaristo Carriego, uno de sus primeros libros, hasta el tono lacónico de cuentos como «La muerte y la brújula» y «El muerto», o la posterior y más extensa fábula «El Congreso», Borges construyó para Buenos Aires una cadencia y una mitología con las cuales la ciudad está hoy identificada. Cuando Borges empezó a escribir, se creía que Buenos Aires (tan lejana de esa Europa concebida como el centro de la cultura) era tan imprecisa e indiferenciada que exigía una imaginación literaria para imponerse sobre la realidad. Borges rememoraba que cuando el ahora olvidado Anatole France visitó la Argentina en los años veinte, Buenos Aires pareció «un poquito más real» porque Anatole France sabía de su existencia. Hoy, si Buenos Aires parece más real, es porque existe en las páginas de Borges. El Buenos Aires que él le ofreció a sus lectores nace en el barrio de Palermo, donde se hallaba la casa familiar. Borges ambientó más allá de las rejas de aquel antejardín sus relatos y poemas acerca de esos compadritos a quienes imaginaba como aguerridos maleantes, y en cuyas rudas existencias percibía ecos modestos de la Ilíada y de antiguas historias de vikingos.






Con Borges
Madrid, Alianza Editorial, 2004, Págs. 59-65
Título original: Chez Borges
Alberto Manguel, 2001
Traducción: Traducido del inglés por Eduardo Berti
Fotos: Sara Facio pág. 60
Al pie: cover de la edición papel




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